
FERDINAND SILBERMANN Z''L
Ferdinand Silbermann Z''L, también conocido como Fernando, nació el 10 de enero de 1910 en Viena, Austria. Sus padres fueron Viktor Silbermann y Chana Mindl Rok. Tuvo tres hermanos: Ernestine, Guittel y Max. Creció en un barrio burgués de la ciudad. Desde muy pequeño fue muy observador. Decía que le parecía interesante simplemente mirar las cosas y entender lo que pasaba a su alrededor, Esa forma de ver el mundo mostró desde temprano su personalidad curiosa.
Quienes lo conocieron contaban que Opa Fernando, como también le llamaban, era muy nostálgico y siempre estaba contando historias. Uno de los recuerdos más claros de su niñez es que un día en Viena lo montaron en un caballo y al bajarse, se encontró con una vitrina de una tienda de chocolates. Se quedó mirando hacia adentro por mucho rato sin poder comprar nada. Las muchachas que atendían la tienda se dieron cuenta de que estaba observando y salieron a regalarle chocolate.
Otro recuerdo de su infancia está relacionado con el río Danubio, también en Viena. A Ferdinand le gustaba caminar por la orilla del río, donde se estacionaban los buques. Una vez, de uno de esos barcos bajaron dos perros que lo atacaron. Ferdinand trató de defenderse con los pies e hizo todo lo que pudo, pero igual lo mordieron. La policía llegó, se lo llevó y lo curaron.
Vivía en el Segundo Distrito de Viena, o segundo “Bezirk” como él le decía. La ciudad estaba dividida en 21 distritos y en este vivían muchos judíos. Los domingos, su mamá lo llevaba al Prater, un gran parque público histórico de Viena, con una gran rueda y muchos juegos. Él recordaba que ahí vio al primer indígena de su vida: el hombre hablaba, decía algunas palabras y la gente le aplaudía. A Ferdinand eso le parecía muy gracioso.
Ferdinand era extrovertido, guapo y muy coqueto. Le gustaba disfrutar la vida. Recordaba que de joven lo dejaban entrar al teatro gratis, pero con la condición de que aplaudiera mucho durante la función y él lo hacía con gusto.
La familia de Ferdinand pertenecía al partido socialdemócrata, el partido obrero, como la mayoría de los judíos de esa época. Este partido reunía a muchos intelectuales y artistas judíos. Durante el periodo de entreguerras hubo elecciones y a Ferdinand lo ponían a pegar afiches políticos. Salía con una cubeta de pegamento en una mano y los papeles de propaganda en la otra, pegándolos en las paredes de la ciudad. Recordaba que una vez lo atrapó un policía, le tiró la cubeta de pegamento en la cabeza y escapó corriendo. Ferdinand era muy travieso y también le gustaba el deporte, por eso Iba con sus amigos a jugar fútbol usando una pelota hecha de trapos ya que no tenía dinero para comprar bolas. Jugaban hasta quedar completamente cansados.
En su casa había mucha necesidad económica, pero Ferdinand era muy inteligente por lo que lo adelantaron un año en primaria y otro en secundaria y por esta razón empezó a trabajar desde muy joven, siendo siempre el más joven entre colegas adultos.
Recordaba que los alimentos se vendían en tiendas y que la gente tenía que hacer filas larguísimas para comprar. A veces hacían fila toda la noche en invierno y cuando llegaba la mañana el dueño salía y ponía un rótulo que decía que se había acabado la mercadería. Después de tanto esfuerzo, la gente se iba a casa sin nada. La vida era difícil.
Frente a su casa había una tienda de un sastre checo muy viejo, que ni siquiera podía hablar alemán. Ferdinand recordaba que el hijo de ese sastre ya era socio de un club alemán antisemita, algo que le quedó muy marcado y mostraba desde ese entonces la tragedia que se avecinaba.
Un día salió temprano a buscar trabajo y vio en el periódico que una fábrica de confecciones buscaba aprendiz de sastre. Su mamá y su tío lo llevaron a la entrevista. Primero fueron a la sastrería y habían ya seis muchachos esperando. Luego llegó el jefe, que era un judío ruso. De los siete eligió a tres y después a uno más: Ferdinand.
La fábrica tenía cuatro pisos. En el cuarto piso había un depósito pequeño con sobrantes de tela, rollos y materiales que ni sabían que tenían. Ferdinand les dijo que esos materiales podían servir para hacer cuellos y partes pequeñas de la ropa. Esa semana se encargó de medir y anotar todo lo que había en cada rollo. Gracias a eso, los sastres se dieron cuenta de que podían aprovecharlo y los jefes quedaron muy contentos con él.
Fernando tenía mucho entusiasmo y energía. Subía y bajaba los pisos varias veces al día. Los jefes lo querían mucho y decidieron darle dinero para comprar tiquetes de tren para llegar al trabajo, pero él prefirió seguir caminando todos los días y darle el dinero a su familia. En el camino a su casa había una rotonda con una pastelería que vendía un queque fantástico. Siempre lo veía, pero nunca lo compraba. Treinta años después, cuando volvió a Viena, la pastelería todavía estaba ahí.
Después de dos años trabajando gratis como aprendiz, lo contrataron. Sus jefes querían abrir una nueva fábrica en Zagreb, Yugoslavia y para que fuera exitosa enviaron a un empleado con experiencia y a Fernando como ayudante. Él decía que no entendía ni una palabra del idioma, pero se las arregló.
Fernando era muy organizado. Hizo un manual de moldes de confección, donde calculaba cuánta tela se necesitaba desde la talla de un niño hasta la de un “hombre gordo”. En ese momento Fernando tenía unos 16 años. Él se encargaba de entregar el material necesario a cada sastre. Cuando los jefes lo visitaron y vieron lo capaz que era, lo dejaron como encargado principal.
En Yugoslavia hizo muchos amigos. En su tiempo libre viajaban, conocían ciudades nuevas y les gustaba nadar. Vivió alquilando un cuarto en la casa de familiares de los dueños de la fábrica. Recordaba ese cuarto con mucha emoción porque el padre de la familia hacía negocios con la marina del Lejano Oriente y le mandaban cuchillos y lanzas que decoraban las paredes.
En la fábrica tenía un amigo judío que lo inscribió en el Macabi, una organización judía muy conocida. También recordaba que el alcalde de la ciudad era antisemita.
Después de que la fábrica quedó funcionando bien, Fernando se fue a trabajar con un mayorista judío de textiles. El mayorista tenía un yerno con dinero, pero no era bueno para los negocios, así que se asoció con Fernando. Poco a poco, Fernando se hizo un buen nombre.
Una vez, un proveedor judío le dijo que tenía una hija y que quería que se casara con ella. Pero debido al creciente antisemitismo, Fernando ya estaba tramitando su visa para emigrar a Bolivia y pensó que no podía casarse sin saber cómo iba a sobrevivir.
Cuando decidió irse de Europa, sus padres le dieron una carta con una foto de ellos. La carta decía:
Zur Erinnerung an Deine Eltern
Mutter u. Vater. Wien am 28/3 1939
Esto significa:
“En recuerdo de tus padres, mamá y papá. Viena, 28 de marzo de 1939.”
Era una despedida. En el fondo sus padres sabían que no lo volverían a ver.
Fernando salió en un buque hacia Buenos Aires para llegar a América y luego tomó un tren que cruzaba la cordillera de los Andes hasta llegar a Bolivia. Subió al tren con tres maletas, pero cuando llegó le habían robado dos. El viaje duró varios días. En las estaciones subía gente vendiendo cosas, lo que le llamaba la atención. El viaje fue muy duro por la altura y tenía que sacar la cabeza para vomitar.
Ferdi, como le llamaba su esposa, recordaba que en el vagón viajaba una familia judía vienesa de apellido Schulhof: un hombre alto y gordo, su esposa y dos hijas.
Al llegar a América Ferdinand cambió su nombre a Fernando.
Al llegar a su destino final, Cochabamba, Bolivia, tuvo que hospedarse en un hotel muy malo por un par de noches, hasta que la sociedad hebrea los encontró y les consiguió un lugar en un hotel en una planta baja. Fernando empezó a pensar en qué iba a trabajar y decidió seguir siendo sastre. Lo primero que hizo fue preparar varios moldes de confección.
El dueño del lugar donde se hospedaba, le alquiló una máquina de coser. Compró algunas telas y la hija mayor del dueño sabía coser, así que trabajaron juntos. En poco tiempo tuvo listos algunos trajes que puso en la puerta y dijo que se vendieron antes de poder ofrecerlos.
Luego, para darse a conocer, contrató cuatro o cinco indígenas de la zona, los vistió muy elegantes, les dio rótulos de cartulina con el nombre del negocio y caminaron juntos por la plaza un domingo. A algunas personas no les gustó ese tipo de propaganda, pero Fernando era recursivo y necesitaba vivir.
Después alquiló un local en una buena calle y fundó la Sastrería Patria.
Con el tiempo conoció a la Comunidad Judía y le hicieron un “shidach” con Ella Deutsch. Se casaron por el rito judío y también por lo civil. Ya casados, Ella empezó a ayudarlo en el negocio. Fernando quería una vida organizada con esposa e hijos.
Nació su hija Vera y después Raúl René. Inscribieron a los hijos en el colegio. Aunque tenían trabajo, la vida en Bolivia era difícil. Fernando viajó algunas veces a Brasil buscando oportunidades e incluso compró un terreno, pero nunca lo usaron. Finalmente decidieron mudarse a Cali, Colombia.
En Cali, primero tuvieron una panadería llamada Gerleyn. Trabajaban desde las 4 de la mañana hasta muy tarde en la noche. Años después cerraron la panadería porque casi no veían a sus hijos y empezaron un negocio de importaciones desde China, trayendo cerámicas y lámparas. Ese negocio se llamó Lámparas Imperial. Trabajaron ahí hasta jubilarse.
Durante toda su vida, Fernando siempre buscó estar cerca de su familia. Visitó a sus hermanas que habían emigrado de Europa a Estados Unidos. Su hermano Max, después de hacer su vida en Bolivia, regresó solo en su vejez a Austria y Fernando le pagó a un hogar de ancianos para que pudiera vivir bien hasta el final.
Opa Fernando fue un abuelo muy bueno. Tenían una relación muy cercana entre todos. Era muy chistoso y coqueto. Le encantaba cantar y su música favorita era el vals. Mi mamá dice que vivió unos de los momentos más lindos de su vida con Fernando, cantando y bailando.
Fernando murió en el 2001 a sus 91 años en Cali, Colombia, rodeado de su querida familia.
Su vida es un ejemplo de Kavod: honor que encontró en el trabajo duro desde la infancia, en la familia que creó lejos de su tierra y en la manera de salir adelante siempre con alegría.
Kol Hakavod a Ferdinand Silbermann.









