
LINEA DEL TIEMPO
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La historia de mi familia puede contarse a través de fechas. No son solo años escritos en un árbol genealógico, sino momentos reales en los que una nueva vida comenzó mientras el mundo atravesaba cambios profundos.
La historia comienza en el siglo XVIII. En 1775 nació Yankiel Fejncajg en Ostrow Mazowiecka, Polonia, el mismo año en que comenzó la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Décadas después, en 1800, nació Juan de Dios Sandoval Rodríguez, en el mismo período en que Alexander von Humboldt recorría territorios de la actual Colombia, sentando las bases del conocimiento científico moderno de la región. Desde entonces, la historia de mi familia se entrelaza tanto con Europa como con América.
A lo largo del siglo XIX, cada nacimiento ocurrió en un mundo que avanzaba rápidamente. En 1821 nació Natividad Lagos, el mismo año en que Costa Rica declaró su independencia. En 1831 nació Yankiel Wolfowicz Fejncajg, mientras Charles Darwin iniciaba su viaje en el HMS Beagle, un acontecimiento que cambiaría para siempre la forma en que la humanidad entiende la vida. Estos paralelos muestran cómo, mientras la ciencia, la política y la sociedad se transformaban, mi familia seguía creciendo generación tras generación.
En 1857 nació Avram Wolf Jankelowicz Fejncajg, en un siglo de avances científicos, pero también de restricciones y persecuciones contra las comunidades judías en Europa Oriental. En 1860 nació María del Socorro Rodríguez, el año en que la elección de Abraham Lincoln intensificó las tensiones sobre la esclavitud en Estados Unidos. Más adelante, en 1874 nació Hannah Dvora Kelewicz, cuando el telégrafo ya conectaba continentes y aceleraba la migración. En 1879 nació Abraham Chaim Rosenstein, el mismo año que Albert Einstein, una de las figuras judías más influyentes de la historia. Cada una de estas fechas refleja un mundo en transformación constante.
Con la llegada del siglo XX, la migración se volvió un elemento central en la historia familiar. En 1900 nació Jacobo Mintz, quien más adelante emigraría y reconstruiría su vida en Costa Rica. En 1907 nació Luis Feinzaig, el mismo año del Pánico Financiero de 1907, una crisis que afectó especialmente a familias migrantes. En 1912 nació Dora Rosenstein, el año del hundimiento del Titanic, símbolo de una era que se creía invencible. Poco después, en 1916, nació Esther Goldgewicht en medio de la Primera Guerra Mundial, un conflicto que redibujó fronteras, provocó el colapso de grandes imperios y marcó profundamente a Europa y al pueblo judío.
En 1943 nació Rosa Mintz, el mismo año de la Rebelión del Gueto de Varsovia, uno de los actos más importantes de resistencia judía durante el Holocausto. En 1947 nació Raúl Silbermann, el año en que las Naciones Unidas aprobaron el Plan de Partición, dando paso a la creación del Estado de Israel. A partir de entonces, Israel se convirtió en un punto central para la identidad judía de mi familia, tanto histórica como emocionalmente.
Las siguientes generaciones nacieron en un mundo cada vez más globalizado. En 1969 nació Luis Feinzaig, el año en que la humanidad llegó a la Luna. En 1978 nació Claudia Silbermann, el año del primer bebé concebido por fertilización in vitro, símbolo de los avances científicos y médicos. En el año 2000 nació Ariela Feinzaig, mientras fallecía mi abuelo Willy Feinzaig y comenzaba un nuevo milenio, marcando el cierre de una etapa y el inicio de otra. En 2011 nací yo, heredera de todas estas historias, migraciones y memorias.
Hoy, al mirar esta línea del tiempo, entiendo que mi familia es parte de una historia más grande. Una historia judía, migrante y real, con raíces en muchos lugares, hogar en Costa Rica y un vínculo profundo con Israel. Es una historia de memoria, de continuidad y, sobre todo, de kavod: honor hacia quienes vinieron antes y hicieron posible mi presente.