top of page
b5f156a583c3bdfc286b45c44d3f51e4.jpg

REINA SANDOVAL

El 3 de noviembre de 1952, a las siete de la mañana, nació Reina Lucero Sandoval Lagos en una casa del barrio San Francisco en Bucaramanga, Colombia. No vino al mundo en una clínica, sino en una casa sencilla, lo que marcó desde el inicio una vida llena de esfuerzo y kavod, el honor que se gana con trabajo, humildad y gratitud. Su madre Romelia Sandoval, una mujer fuerte y trabajadora, eligió para ella un nombre muy usado en Venezuela: Reina Lucero, que significa fuente de luz.

Sus apellidos, Sandoval Lagos, venían de la herencia española por parte de su madre. Su padre era médico otorrinolaringólogo, pero nunca estuvo presente en su vida. Esa ausencia fue dura, pero su madre se convirtió en su mayor ejemplo. Reina creció viendo a su madre trabajar hasta tarde en la máquina de coser, aprendiendo que la verdadera fuerza y el verdadero kavod están en salir adelante sin importar las dificultades.

 

 

 

Cuando tenía apenas seis meses, su madre tomó la decisión de mudarse a Cali para buscar una vida mejor. Allí construyeron juntas una familia por los siguientes diez años en una ciudad alegre y vibrante. Uno de sus recuerdos más bonitos de la infancia fue la casa en el barrio Guayaquil de Cali, en la calle 13 con carrera 16, donde vivió con doña Edelmira, una amiga de la familia. Ella fue quien ayudó a su madre a comprar una máquina de coser. La casa era grande, con un patio lleno de matas y una ducha al aire libre donde se bañaba desde niña. Allí se escuchaba la máquina de coser, la radio y las conversaciones de vecinos que se saludaban como si fueran familia, reflejando una vida sencilla pero llena de kavod hacia el prójimo. Fue un lugar que marcó la infancia de mi abuelita Reina. Años después decidieron regresar a Bucaramanga y aunque fue doloroso dejar atrás la ciudad que tanto le gustaba, también fue la oportunidad de reencontrarse con su familia.

Al llegar a Bucaramanga pasó algo increíble. Se quedaron en un hotel, pero ese mismo día su mamá decidió salir a caminar. En la primera cuadra se encontraron con un conocido que las reconoció al instante y las invitó a quedarse en su casa. Como habían perdido todo contacto con sus familiares, la empleada del lugar tuvo la idea de anunciar en la radio que Romelia y Reina Sandoval buscaban a su familia. Gracias a ese anuncio, lograron reencontrarse con ellos, un momento lleno de emoción, fe y honor familiar o kavod mishpachti.

Desde muy niña, Reina aprendió a ser responsable. A los seis años salía a vender naranjas y bananos de puerta en puerta, ayudaba a su madre lavando y planchando, e incluso preparaba sus propios uniformes. Pero también había espacio para jugar en la calle con sus amigos, en juegos como policías y ladrones, quemado o “lleva”. Esa mezcla de disciplina y alegría formó su carácter lleno de firmeza y gratitud.

En los estudios pasó primero por la escuela Olga Lucía Lloreda en Cali hasta cuarto de primaria. Después terminó la primaria en la Escuela Anexa La Normal en Bucaramanga y el bachillerato en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Pilar. Fue una estudiante normal, aunque vivió experiencias que la marcaron. Su maestra de matemáticas, Mariana Venegas, era muy dura y hasta pellizcaba a los alumnos, por lo que todos le tenían miedo. En el jardín infantil también recuerda cuando, al aprender a bordar, sin querer cosió la tela a su propia falda y recibió un castigo con un golpe de la regla en la mano. Ese era el estilo de educación de esa época y esos momentos le enseñaron a ser fuerte y a no rendirse, a mantener su kavod y fortaleza incluso ante las dificultades.

 

Desde joven soñaba con ser abogada, porque quería luchar por la justicia. Aunque no estudió derecho, nunca dejó de aprender, hizo cursos de secretariado comercial, literatura e historia y hasta el día de hoy continúa estudiando.

Su primer trabajo oficial llegó a los 18 años, en Almacenes Ley (hoy conocido como el Éxito) en Bucaramanga, donde trabajaba en la sección de juguetería, poniendo precios y organizando estantes. Allí aprendió la disciplina y la responsabilidad. Después regresó a Cali e hizo un curso de secretariado.

Fue en Cali donde conoció al amor de su vida, Raúl Silbermann, en un parqueadero llamado Aristi. Él llegó en su camioneta Dodge roja modelo 71 y ella, como secretaria, debía hacerle el recibo de pago, pero tuvo problemas para escribir bien su apellido, Silbermann.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esa conversación sencilla se convirtió en el inicio de una historia de amor. Se casaron el 14 de abril de 1977 en una ceremonia civil. Después de la boda, acompañados por familiares y amigos, celebraron de manera simple y linda: gaseosa de naranja, pandebono caliente y una visita al negocio de lámparas que habían abierto juntos, Crediregalos, en la Avenida Sexta, donde vendían lámparas.

En 1977 Reina se convirtió al judaísmo y encontró el amor en las tradiciones: encender velas de Shabat, celebrar Janucá y mantener las costumbres con alegría. En 1978 nació su primera hija, Claudia y en 1981 su segunda hija, Tania/Malini. Ser madre fue lo más importante en su vida y se dedicó a enseñarles con amor valores como la honradez, la bondad, el respeto y el kavod que eso representa hacia los demás.

También se destacó por su compromiso con la comunidad en general: apoyó a monjas en actividades sociales, trabajó en la Sala Ana Frank de la B’nai B’rith como vicepresidenta, donde contribuyó con el mejoramiento de la sala de cuidados medios e intensivos en el Hospital Universitario del Valle y ayudó en WIZO, Macabi y Jesed. Actualmente, todos los domingos reparte comida a habitantes de la calle: hierve huevos duros y junto con unas amigas, les entrega comida y les demuestra dignidad a personas que son invisibles para muchos, pero no para ella. Apoyó a ancianos en Palmira y Cali y adoptó perros abandonados. Cada una de esas acciones demuestra su profundo sentido de kavod la’adam, honor hacia cada ser humano.

Uno de los momentos más duros de su vida llegó en 2011, cuando fue diagnosticada con cáncer de mama. Luchó con valentía durante dos años, con el apoyo de su familia, médicos y su fe en D-os, hasta salir adelante. Esa experiencia la transformó y le enseñó que la vida es frágil y que lo único que realmente dejamos en los demás es el amor y las huellas de nuestras acciones.

Hoy, al mirar atrás, Reina Lucero se siente agradecida. Está orgullosa de sus hijas y nietos y sueña con viajar a Israel en 2026 para el Bar Mitzvá de su nieto Billy. Quiere ser recordada como una mujer que superó adversidades, que siempre ayudó a los demás y que vivió con alegría y gratitud.

Kol hakavod abuelita Reina, tu historia deja una enseñanza clara: el verdadero honor no proviene del origen o bienes materiales, sino de la manera en que una persona enfrenta la vida. Como lo ha hecho Reina Lucero, con coherencia a través de sus acciones.

CamScanner 20-1-26 18.18_6.JPG
CamScanner 20-1-26 18.18_4.JPG
CamScanner 20-1-26 18.18_7.JPG

Reina con  su mamá Romelia

Reina en el  parqueadero Aristi

Reina con su esposo e hija Claudia

GALERIA DE FOTOS DE REINA SANDOVAL

CamScanner 20-1-26 18.18_1.JPG
CamScanner 20-1-26 18.18_5.JPG

Reina 

CamScanner 20-1-26 18.18_9.JPG

Reina con sus amigas

CamScanner 20-1-26 18.18_12.JPG
CamScanner 20-1-26 18.18_14.JPG
CamScanner 20-1-26 18.18_11.JPG
CamScanner 20-1-26 18.18_10.JPG
Screenshot 2026-01-26 at 5.40.40 PM.png
Screenshot 2026-01-26 at 5.40.28 PM.png
Screenshot 2026-01-26 at 5.40.19 PM.png
Claudia Silbermann_24.JPG

Reina con su esposo Raúl

Reina con su suegra Ella Z''L

Reina en la playa

Reina con su familia

Reina con mi hermano Billy

Reina su esposo Raúl y yo

Reina con su esposo Raúl

bottom of page