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ROMELIA SANDOVAL Z''L

Romelia Sandoval nació el 26 de noviembre de 1922, en San Gil, Santander, en la finca donde trabajaban sus padres. San Gil era un pueblito pequeño en Colombia,  con calles empedradas, casas coloniales de adobe y teja, donde se vivía una vida sencilla en donde casi todos se conocían. Sus nombres y apellidos son originarios de España. Sus padres fueron Pedro Abel Sandoval Rueda y Leopoldina Lagos Barrera. Su padre era el mayordomo de una finca, un hombre responsable y trabajador que enseñaba con el ejemplo. Su madre, hija de una profesora, se casó muy joven y le tocó trabajar también en la finca. Ella cocinaba para los obreros del lugar y lo hacía con tanto amor que todos la recordaban por su comida típica, hecha a la leña. En esa finca se cultivaba tabaco y allí la familia creció unida por el valor del trabajo duro como parte de su día a día.

Romelia fue la mayor de nueve hermanos. Los demás eran Edelmira, Ana Lucía, Pedro, Esther, Gloria, Jorge (quien aún vive y fue a la guerra de Corea), Carmen Eliza (quien también vive) y Briseida (que murió a unos meses de nacer). Mientras sus papás trabajaban, Romelia cuidaba a todos sus hermanitos, demostrando desde niña su sentido del deber y del kavod familiar, cuidando a los demás sin quejarse.

Mientras vivían en la hacienda, no les faltaba nada: habían gallinas, vacas, comida, miel, sembraban maíz, hacían arepas, mazamorra y tenían árboles frutales. Los huevos los vendían y con eso compraban carne. 

Cuentan que de su niñez recordaba los olores a leña, los ruidos que hacían sus animales y especialmente a los 13 perros que tenían en la finca. 

En su familia se valoraba respetar las cosas de los demás y obedecer las órdenes, porque eso también era kavod: reconocer a la autoridad, la responsabilidad y la disciplina.

Durante una época de su vida, Romelia estudió con las monjas hasta tercero de primaria en un internado. Era una niña aplicada y muy buena, pero sobre todo solidaria, valor que le transmitió a todos sus descendientes. Además de estudiar, ayudaba en el ancianato, dando de comer y bañando a los ancianos. 

Sin embargo, tuvo que dejar los estudios para ayudar a su familia después de la muerte de su padre, debido a una patada que recibió por un toro y le golpeó el abdomen y los riñones. Su papá murió y todo cambió. 

Romelia era apenas una adolescente cuando la familia tuvo que irse de la finca y desde entonces, la vida se volvió más difícil. Ella empezó a hacer cigarros y a trabajar en una fábrica de alpargatas, zapatos típicos colombianos hechos de yute o cabuya. Romelia, Edelmira, Ana Lucía y Pedro tuvieron que trabajar para mantener a la familia. Su hermano Jorge desapareció cuando tenía siete años, pero años después regresó. La madre seguía siendo el corazón de la casa: cocinaba y ayudaba a sus hijos en todo.

Desde su infancia Romelia demostró la mujer fuerte en que se convertiría, siempre poniendo a sus seres queridos antes que ella, trabajando con dignidad y manteniendo a su su familia unida.

Vivió migraciones difíciles, de tener una vida estable en el campo a mudarse a la ciudad en busca de trabajo. Esa transición fue dura, pero también la convirtió en una mujer más fuerte y resiliente.

Tuvo una hija llamada Reina Lucero, que nació el 3 de noviembre de 1952 a las siete de la mañana en una casa del barrio San Francisco, en Bucaramanga, Colombia. Con el tiempo, Romelia comenzó a trabajar en confecciones de ropa, donde aprendió a coser. 

Su mayor logro profesional fue trabajar por cuenta propia y demostrar que una mujer podía salir adelante con esfuerzo y ser independiente, incluso en esa época.

Cuando se mudó a Cali con su hija de seis meses, una señora alemana la contrató y le enseñó a coser brasieres. Ese momento fue un antes y un después en su vida. Aprender a coser brasieres fue una decisión importante: gracias a eso pudo mantenerse a ella y a su hija en el futuro.

Romelia trabajaba día y noche, cosiendo 40 docenas de brasieres de color azul, blanco y rosado cada mes, que vendía en Cúcuta y desde allí llegaban hasta Venezuela. En Cali descubrió una ciudad alegre, llena de música, ferias y buenas amistades. Luego, cuando Reina tenía alrededor de diez años, volvieron a Bucaramanga. Romelia nunca se quejaba, porque sabía que cada cambio era una oportunidad para salir adelante con dignidad.

Rome, como muchos la llamaban, fue una madre exigente y de carácter fuerte, pero también muy amorosa y presente. Le enseñó a su hija a ser honesta, responsable y estudiosa. Decía que esos valores eran la base de la vida.

Aunque no era muy religiosa, iba a actividades con monjas para aprender más de costura. Amaba profundamente a Colombia y a su cultura. Viajó a Medellín, Barranquilla, Cartagena, Santa Marta y San Andrés, y varias veces volvió a San Gil, su lugar favorito, donde todo había empezado.

Una de las situaciones más difíciles de su vida fue la económica, pero siempre hubo gente que la ayudaba porque era muy querida, honesta, correcta y trabajadora.

Con el paso de los años, Romelia siguió trabajando y cuando nació su primera nieta Claudia y la fue a visitar a Cali, decidió quedarse a vivir ahí con su familia y ayudar a criar a sus dos nietas.

 

 

 

 

 

 

 

Allí vivió hasta el final de su vida. Con el tiempo le dio Alzheimer y un día sufrió una caída que le fracturó la cadera. La operaron, pero le dio un trombo y falleció el 2 de enero de 2008.

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Está enterrada en el Cementerio Metropolitano en el Norte en Cali y aunque su partida fue muy triste, su vida dejó un legado de kavod.

Hoy su familia la recuerda todos los días, especialmente por sus dichos tan únicos, que hacía reir o reflexionar a todos, como:

“Las tres de la tarde y la olla sin carne.”

“¡Qué maravilla, el papa en Sevilla!”

“Los seres humanos somos seres necesitados”

Romelia fue una mujer trabajadora, “berraca” como dicen en Colombia, honesta, echada para adelante, risueña y muy cariñosa. Cuando era joven era dura, pero con los años se volvió más dulce. Amaba a su familia y su presencia llenaba de alegría cada casa donde vivía.

Ella nos enseñó que el trabajo y el estudio ayudan a salir adelante, que hay que ser honestos, correctos y nunca pasar por encima de los demás, porque esa es la mejor forma de mostrar la grandeza de una persona.

Vivió una vida buena y agradecida, llena de amor y rodeada de una gran familia. Su historia deja una gran enseñanza: el kavod no está en lo material, sino en la forma en que enfrentamos la vida, en cómo ayudamos a otros, en las risas y las sonrisas y en el recuerdo que dejamos en las personas que amamos.

Kol Hakavod Rome por el legado de amor y dulzura que dejaste en tus seres queridos.

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